En una lúgubre tarde de otoño, el señor Wajdi, el rico y autoritario dueño de una librería de manuscritos raros, fue hallado sin vida en su despacho privado al final del pasillo. Murió envenenado por unas gotas de una toxina de acción rápida vertidas en su taza de té de hierbas. El crimen se cometió en un estrecho margen de tiempo, entre las 6:00 y las 6:30 p. m. Solo había tres personas en la librería, y cada una de ellas afirma ser inocente.